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El 13 de mayo de 2026, el gobierno de Delcy Rodríguez anunció el inicio formal de un proceso de reestructuración de la deuda pública externa de Venezuela y de PDVSA. La deuda total se estima entre 150,000 y 170,000 millones de dólares, frente a un PIB de unos 82,800 millones. Para entender qué significa esto para China, es necesario saber cuánto le debe Venezuela, y ese es un dato que, en realidad, nadie sabe a ciencia cierta.
Desde finales de los 2000, la relación financiera entre ambos países funcionó bajo un esquema de préstamos pagados con petróleo, canalizado a través del Fondo Conjunto Chino-Venezolano. Entre 2007 y 2015, China otorgó a Venezuela más de 60,000 millones de dólares en préstamos respaldados por crudo. El tema es que los contratos incluían cláusulas de confidencialidad, y desde 2017 Venezuela dejó de publicar datos de deuda. Parsifal D’Sola, director de la Fundación Andrés Bello y experto en relaciones China-Venezuela, resume esa relación financiera como “una caja negra”. No solo no se sabe cuánto queda pendiente, sino que los propios mecanismos de arbitraje estipulados en los contratos corresponden a instancias en China, no en Venezuela.
Lo que sí se sabe es que Venezuela, a diferencia de lo que hizo con los bonistas occidentales, nunca dejó de enviar petróleo a China del todo. Incluso bajo sanciones y con producción en caída, Caracas mantuvo envíos de crudo como mecanismo de pago, muy por debajo de lo acordado, pero continuos. Eso explica por qué la deuda pendiente hoy es mucho menor a los 60,000 millones originales. Los estimados más conservadores la ubican alrededor de 15,000 millones de dólares. Dentro de una deuda externa total que supera los 200,000 millones, no es la cifra más determinante en la negociación.
Pero la opacidad va más allá. Desde que las sanciones bloquearon los canales regulares, los envíos de petróleo venezolano a China migraron hacia flotas fantasma y mecanismos de triangulación, al punto de que la aduana china dejó de registrar importaciones de crudo venezolano pese a que el petróleo sí llegaba. D’Sola plantea una pregunta sin respuesta pública: si ese petróleo realmente se destinaba a pagar deuda, o si Venezuela lo estaba convirtiendo en efectivo. Esa es una de las razones por las que es tan difícil saber dónde está parada China hoy.
Lo que China puede y no puede esperar
En los contratos, China tiene prioridad de cobro sobre otros acreedores, pero ese privilegio hoy vale menos de lo que parece. Desde la captura de Maduro en enero de 2026 y el giro de la política exterior venezolana, Estados Unidos controla en la práctica el flujo de ingresos petroleros del país. Si China y Estados Unidos entran en disputa por los cargamentos de petróleo venezolano, eso podría no solo complicar la reestructuración de Venezuela, sino también afectar la disposición de Beijing a cooperar en procesos de reestructuración en otros países en desarrollo, como Ghana, Zambia o Etiopía, donde Beijing ha jugado un papel clave a través del Marco Común.
D’Sola no ve señales de que eso vaya a cambiar, ni de que China vaya a ser priorizada en esta reestructuración, más allá de lo que digan los contratos. La CNPC, que fue durante años la principal empresa china con presencia en el sector petrolero venezolano, se retiró cuando se endurecieron las sanciones. Las empresas que hoy están sentadas en la mesa de negociación son occidentales y estadounidenses.
D’Sola insiste en separar dos planos que suelen confundirse: una cosa es la compra de petróleo venezolano por parte de China, y otra muy distinta es la inversión de empresas chinas en el sector. Lo primero podría normalizarse con mayor facilidad. Trump ya declaró que China comprará petróleo a Estados Unidos, y D’Sola interpreta la posible reapertura de exportaciones venezolanas a China no como un giro estratégico de Washington sino como puro pragmatismo, flujos energéticos que se regularizarían bajo tutela estadounidense. Lo segundo, que empresas chinas vuelvan a invertir en el sector petrolero venezolano, es una historia diferente. Con el nivel de control que ejerce hoy Washington sobre Venezuela, eso no está sobre la mesa.
Este proceso va a tomar años y tiene decenas de acreedores encima. Para que avance, Venezuela necesita el respaldo del FMI y el Banco Mundial, ambos ya anunciaron su regreso al país, y demostrar un flujo de caja petrolero real y en crecimiento. La deuda con China es una pieza del rompecabezas pero probablemente no la más difícil. El verdadero lío viene de décadas de opacidad, decenas de acreedores en distintas jurisdicciones, y un nivel de control estadounidense sobre las finanzas venezolanas que no tiene precedente.