¿Por qué China no hizo más por Maduro?
Este artículo forma parte de El fin de la ambigüedad: América Latina, China y Estados Unidos después de Maduro, una serie de Notas de Análisis que exploran cómo la captura de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión en la relación entre China, Estados Unidos y América Latina.
Tras la captura de Nicolás Maduro, una de las lecturas más repetidas ha sido que China “abandonó” a su aliado. Esa lectura suele apoyarse en el supuesto de que Beijing tenía incentivos –y capacidad– para responder de manera más contundente. Ambas interpretaciones parten de una premisa errada: que China seguía viendo al régimen venezolano como un activo estratégico que valía la pena defender.
Esa premisa fue cierta en los años 2000: hubo una expansión real de préstamos, proyectos y retórica de “asociación estratégica”. Pero la relación empezó a agrietarse rápidamente tras el ascenso de Maduro al poder en 2013, en paralelo a la degradación política, económica y social del país. En la década de 2010, Beijing pasó de la expansión al control de daños: enfrentó pérdidas en activos, riesgos de seguridad para sus nacionales y costos reputacionales por su asociación con un país en caída libre.
Los síntomas fueron visibles. Proyectos financiados por los fondos conjuntos quedaron plagados de irregularidades o nunca se completaron; la seguridad se deterioró y varias empresas chinas empezaron a reubicar personal hacia países vecinos. Asimismo, las empresas estatales chinas redujeron su presencia humana de forma drástica, mientras la producción petrolera venezolana, clave para repagar compromisos, se desplomaba.
En otras palabras: la “relación estratégica” sobrevivió como etiqueta, pero perdió sustancia. Para 2026, leer a China en Venezuela con un marco de análisis que desapareció hace una década confunde la marca con la realidad. Visto de esta manera, defender al régimen chavista deja de ser un imperativo estratégico y pasa a ser un costo.
No es que China “no haya querido”, es que no le daban los números. Venezuela ya no pesa en su ecuación energética y su valor como plataforma de influencia política a nivel regional se evaporó con el colapso del Estado. Defender a Maduro activamente implicaba pagar costos –económicos, reputacionales y diplomáticos– por retornos inciertos.
En segundo lugar, Beijing tampoco tenía incentivos para escalar en un escenario que no controla. América Latina no es un espacio donde China esté dispuesta a confrontar directamente a Estados Unidos, ni militar ni políticamente. Cualquier intento de presión más allá del terreno diplomático habría sido simbólico en el mejor de los casos y contraproducente en el peor. Desde la perspectiva china, involucrarse más a fondo en Venezuela significaba entrar en una disputa asimétrica, con reglas impuestas por otro actor mucho más influyente en la región y sin capacidad real de alterar el resultado.
Hay, además, una dimensión menos visible pero clave: la lección aprendida. La experiencia venezolana sirve de recordatorio acerca de los riesgos de priorizar consideraciones geopolíticas sobre evaluaciones rigurosas de viabilidad económica, gobernanza y capacidad institucional. Durante años, China apostó por el regionalismo de chequera de un petroestado y por la capacidad de Hugo Chávez para convertir esa renta en influencia continental, levantando una esfera política deliberadamente antiestadounidense. Esa apuesta, sin embargo, terminó estrellándose contra el colapso del Estado venezolano y la erosión de su capacidad de proyección regional. No es casual que, frente a múltiples intentos del chavismo por reactivar el apoyo financiero chino, la respuesta haya sido sistemáticamente evasiva.
Esto no significa que China sea indiferente al desenlace venezolano. Lo que cambió es el objeto de su interés. Beijing no reaccionó para proteger a Maduro, sino para marcar límites normativos y dejar constancia de su rechazo al método bélico utilizado por Estados Unidos. El foco estuvo en el precedente, no en el gobernante. Confundir esa condena con una obligación de respaldo material es malinterpretar la jerarquía de prioridades de la política exterior china.
Finalmente, la idea de que China “debía” hacer más suele proyectar sobre Beijing expectativas propias de alianzas ideológicas. China no opera así. Su política exterior es transaccional, gradual y profundamente adversa a compromisos que la aten a regímenes inestables sin capacidad de ofrecer beneficios sostenibles. En ese marco, la contención no es una señal de debilidad, sino de cálculo.

El fin de la ambigüedad: América Latina, China y Estados Unidos después de Maduro
La captura de Maduro redefine el equilibrio entre China, Estados Unidos y América Latina, alterando cálculos estratégicos y márgenes de maniobra regionales. Leer más →
