Análisis

Geopolítica y reflexiones finales

Análisis reúne dos ejes: Geopolítica, sobre los activos estratégicos de Sudamérica, la fragmentación regional y el modelo de participación china; y Reflexiones, con las implicaciones políticas y la interpretación general del estudio.

Para entender a profundidad el contexto geopolítico de la transición energética en América del Sur analizamos tres dimensiones: la importancia estratégica de la región para la transición energética global, las limitaciones derivadas de la fragmentación regional y el modelo de participación de China. En conjunto, el análisis muestra que, aunque Sudamérica posee recursos clave para la transición energética, su capacidad para aprovecharlos depende de sus instituciones y de su capacidad para negociar con actores externos como China.

El papel de Sudamérica en la transición energética está definido, ante todo, por su extraordinaria dotación de recursos naturales. Tres países —Argentina, Bolivia y Chile— concentran entre el 55% y el 60% de las reservas probadas de litio del mundo, situando al denominado "Triángulo del Litio" en el centro de la economía de las baterías.1 Chile y Perú, en conjunto, representan aproximadamente el 40% de la producción mundial de cobre, un metal esencial para la electromovilidad y la expansión de redes eléctricas.2 La región también cuenta con reservas más pequeñas, pero en expansión, de tierras raras, lo que refuerza su papel en las cadenas globales de suministro de minerales críticos.3 Brasil lidera en biocombustibles, produciendo cerca de un tercio del etanol de caña de azúcar a nivel mundial.4

En términos de combustibles fósiles convencionales, Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo.5 Brasil se transformó con el descubrimiento de vastos yacimientos presal —reservas offshore ubicadas bajo gruesas capas de sal marina— que convirtieron al país en una potencia energética global.6 Los hallazgos petroleros en aguas profundas de Guyana están redefiniendo rápidamente su perfil exportador,7 mientras que la formación de Vaca Muerta en Argentina se posiciona como una de las mayores reservas de shale, con un importante potencial de gas no convencional.8

Más allá de los recursos naturales, la región cuenta con un extraordinario potencial renovable aún no explotado. El desierto de Atacama y la región del Altiplano, que abarcan aproximadamente 105.000 km² en Chile, Perú, Bolivia y Argentina, son reconocidos como el área con mayor irradiación solar superficial del planeta. Asimismo, los corredores de viento de la Patagonia y la región de La Guajira en el Caribe —compartida por Colombia y Venezuela— se encuentran entre los mejores del mundo para el desarrollo de energía eólica terrestre, mientras que los recursos eólicos marinos a lo largo de la costa atlántica de Brasil son vastos y en gran medida inexplorados.

Fig. 1 — Global Wind Atlas: capacidades eólicas de Sudamérica

Fig. 1 — Global Wind Atlas: capacidades eólicas de Sudamérica.

Global Solar Atlas: capacidades solares de Sudamérica

Fig. 2 — Global Solar Atlas: capacidades solares de Sudamérica.

Del mismo modo, la geografía de América del Sur refuerza su relevancia estratégica en materia energética. Su acceso tanto al océano Pacífico como al Atlántico la posiciona como un futuro corredor energético que conecta exportaciones de energías renovables, minerales críticos y cadenas de suministro con Asia, América del Norte y Europa. Esta doble conectividad, combinada con una amplia infraestructura portuaria y comercial, otorga a la región una ventaja logística a medida que se configuran nuevas rutas de comercio bajo en carbono, particularmente en un contexto de creciente inestabilidad geopolítica que afecta a los principales corredores marítimos globales. La cuenca amazónica, por su parte, sigue siendo un estabilizador climático global y un caso clave para equilibrar desarrollo y conservación en un mundo en proceso de descarbonización.

Con aproximadamente 440 millones de habitantes, Sudamérica representa tanto un importante mercado consumidor de energía como un espacio de prueba para las tecnologías limpias que busca desplegar. Su perfil de ingresos medios sitúa la asequibilidad, la fiabilidad y la equidad social en el centro de la política de la transición energética. En consecuencia, las políticas que combinan descarbonización y desarrollo económico tienen mayores probabilidades de alcanzar legitimidad y éxito.

En el plano político, América del Sur sigue siendo mayoritariamente democrática, con Venezuela como principal excepción. La ausencia de conflictos interestatales de gran escala y un nivel básico de estabilidad distinguen a la región de otras zonas productoras de recursos. Esta relativa previsibilidad crea condiciones favorables para inversiones de largo plazo en energías renovables, redes eléctricas y minerales críticos, condiciones que los socios internacionales valoran cada vez más a medida que diversifican sus cadenas de suministro.

El éxito o fracaso en la gestión de estos activos no solo definirá su propia trayectoria de desarrollo, sino que también influirá en la viabilidad y el costo de la transición energética a escala global.

Fragmentación regional: la restricción estructural

En términos de integración económica y política, América del Sur presenta rezagos significativos. Por un lado, pocas regiones de tamaño y población comparables comparten tantos elementos de cohesión: una historia colonial común, lenguas mutuamente inteligibles como el español y el portugués, una tradición mayoritariamente católica y la ausencia de guerras interestatales de gran escala desde los procesos independentistas del siglo XIX.

Intuitivamente, estos factores deberían haber sentado las bases para una integración sólida. Sin embargo, Suramérica registra los niveles más bajos de comercio intrarregional en el mundo. Apenas alrededor del 13% de su comercio se realiza dentro de la región,9 frente a aproximadamente el 60% en la Unión Europea y el 40% en Asia. La infraestructura transfronteriza es igualmente débil. No existen redes ferroviarias regionales, el transporte aéreo es costoso y fragmentado, y las interconexiones energéticas siguen siendo limitadas.10

El fracaso recurrente y la disfunción de los esquemas de integración regional —desde el Pacto Andino11 hasta agrupaciones más recientes como el UNASUR12 y la CELAC13— reflejan una discontinuidad crónica, prioridades políticas cambiantes, burocracias débiles y modelos nacionales divergentes.

Además de ralentizar el desarrollo económico, esta fragmentación tiene consecuencias directas para la transición energética suramericana. En ausencia de estándares comunes en materia fiscal, ambiental o de contenido local, los países compiten entre sí para atraer inversión, a menudo en condiciones favorables para actores externos. El resultado es un patrón de subasta a la baja, en el que se otorgan concesiones a cambio de capital de corto plazo, debilitando el poder de negociación colectiva sobre recursos críticos para la descarbonización global.

El Mercosur, bloque comercial conformado por Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia —Venezuela es miembro aunque se encuentra suspendida desde 2017 por el rompimiento del orden democrático en el país— destaca como una excepción parcial.14 A pesar de las disputas recurrentes entre sus miembros y un impacto limitado en el comercio intrarregional, ha demostrado ser más duradero que la mayoría de los esfuerzos de integración regional. De hecho, bajo el incierto entorno geopolítico actual, el bloque también ha adquirido una renovada relevancia estratégica.

Las negociaciones para el acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea comenzaron en 1999 y se extendieron por más de dos décadas, culminando en un acuerdo político en diciembre de 2024. La reactivación del acuerdo fue catalizada por la guerra de Rusia contra Ucrania, que expuso las vulnerabilidades de Europa en materia energética y cadenas de suministro, y llevó a Bruselas a diversificar sus fuentes, alejándose tanto de los hidrocarburos rusos como de ciertas dependencias con China. Por consiguiente, la importancia del Mercosur radica menos en su eficacia como mecanismo de integración que en su papel como plataforma estratégica de vinculación con actores externos, en un momento en que las rivalidades globales están reconfigurando los patrones de comercio e inversión.15

La asimetría institucional profundiza aún más estas limitaciones, ya que la fortaleza de las instituciones de gobernanza y regulación varía considerablemente a lo largo del subcontinente. Algunos países cuentan con instituciones regulatorias consolidadas y un estado de derecho sólido, mientras que otros dependen de decisiones discrecionales del poder ejecutivo o de canales de negociación opacos. Incluso dentro de los países, los gobiernos subnacionales pueden marcar la pauta, con algunas provincias aplicando estándares ambientales y sociales más exigentes y otras priorizando la rapidez y la flexibilidad. Un entorno institucional desigual favorece a actores externos dispuestos a operar a través de mecanismos discrecionales u opacos. Un mismo proyecto que enfrentaría un escrutinio riguroso en una jurisdicción puede avanzar con supervisión limitada en otra, fragmentando el terreno regional y dificultando la consolidación de estándares comunes.

La fragmentación, paradójicamente, no constituye un obstáculo para los actores externos, sino una oportunidad. Para América del Sur, el costo es estratégico: en lugar de actuar como un actor colectivo que establece reglas en la transición energética, corre el riesgo de permanecer como un conjunto de actores periféricos que se limitan a aceptar reglas externas.

El modelo de participación de China en América del Sur

Desde la perspectiva china, América del Sur constituye un proveedor estratégico de minerales críticos, alimentos y energía, además de un espacio relevante para consolidar el reconocimiento diplomático de la República Popular China frente a Taiwán. Aunque la región ocupa una posición geográfica periférica respecto de Asia Oriental, estos incentivos superpuestos han elevado su importancia dentro de la política exterior china.

La política exterior de China suele describirse como "pragmática" o "no ideológica", en particular porque Beijing interactúa con democracias, regímenes híbridos y gobiernos autoritarios sin sujetar sus vínculos a alineamientos convencionales de izquierda o derecha, ni a criterios liberales sobre democracia y derechos humanos. China no carece de ideología; más bien, su política exterior se articula en torno a un marco ideológico propio que organiza las relaciones internacionales de manera distinta a las categorías políticas convencionales empleadas en Occidente y América Latina.

Ese marco se organiza crecientemente en torno a una división entre un "nosotros" —presentado como el Sur Global— y un "ellos", asociado principalmente con Occidente. Dentro de esta narrativa, China se proyecta como representante y socio de países históricamente marginados por dinámicas coloniales y poscoloniales. América Latina encaja claramente en ese "nosotros", mientras que Estados Unidos ocupa el lugar del principal "otro" en el contexto hemisférico.

Este encuadre ideológico orienta la actuación de China en la práctica. Beijing ofrece financiamiento, comercio e inversión con escasas condicionalidades políticas explícitas, evitando las exigencias de transparencia, gobernanza o reforma institucional comúnmente asociadas con actores occidentales y organismos multilaterales. Al mismo tiempo, promueve sus propias prioridades diplomáticas, entre ellas el principio de una sola China, definiciones alternativas de derechos humanos y preferencias normativas en foros multilaterales.

En términos operativos, China actúa mediante bancos estatales, empresas constructoras, compañías manufactureras, firmas tecnológicas y gobiernos provinciales. Su modelo privilegia el contacto directo con élites nacionales y subnacionales, lo que le permite negociar proyectos en múltiples niveles de gobierno y acelerar procesos de decisión. Si la primera fase de vinculación, a comienzos del siglo XXI, se concentró principalmente en el nivel nacional, los puntos de entrada subnacionales han ganado relevancia, sobre todo en países federales como Brasil y Argentina. Al establecer acuerdos con autoridades locales, empresas y entidades chinas pueden sortear burocracias nacionales más lentas y mantener continuidad aun en contextos de volatilidad política en el gobierno central.

En el ámbito financiero, la ventaja comparativa de China es difícil de igualar. En las últimas dos décadas, bancos de política pública como el China Development Bank y el Export-Import Bank of China han otorgado más de 120.000 millones de dólares en préstamos para proyectos de energía, minería e infraestructura16 —una magnitud comparable a las aprobaciones acumuladas del Banco de Desarrollo de América Latina (CAF) durante la década de 2010, que promediaron entre 9.000 y 13.000 millones de dólares anuales y totalizaron alrededor de 110.000–120.000 millones en ese período.17

En la práctica, los bancos chinos no han sustituido a instituciones multilaterales como la CAF, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) o el Fondo Monetario Internacional (FMI). Más bien, han pasado a constituir un pilar adicional en la arquitectura de financiamiento del desarrollo de la región, ampliando la disponibilidad de capital de largo plazo para gobiernos con necesidades persistentes de infraestructura.

Los minerales constituyen el siguiente nivel de vinculación. El cobre, el litio, el mineral de hierro y el petróleo sustentan las exportaciones de recursos naturales de América del Sur hacia China y son fundamentales para la agenda industrial de Beijing, incluyendo "Made in China 2025"18 y la estrategia de "doble circulación".19 Lejos de reducir su dependencia, el impulso chino hacia la autosuficiencia tecnológica ha profundizado su dependencia de los insumos sudamericanos. Acuerdos con empresas como Ganfeng Lithium en Argentina o Jiangxi Copper en Perú ilustran cómo los minerales críticos y la transición energética se integran en el cálculo estratégico más amplio de Beijing.

Aunque la primera ola de expansión china en la región estuvo dominada por empresas estatales, hoy el sector privado ha adquirido una relevancia al menos equivalente. Su presencia sigue de cerca las prioridades industriales definidas por el Estado chino y extiende la influencia de Beijing a través de mecanismos de mercado. Las empresas que se expanden con mayor rapidez son aquellas alineadas con sectores estratégicos domésticos: movilidad eléctrica, baterías, telecomunicaciones, servicios en la nube, fintech, vigilancia y sistemas de ciudades inteligentes.

A medida que Estados Unidos y Europa restringen la participación de proveedores chinos en sectores tecnológicos sensibles, América del Sur —que en gran medida ha evitado securitizar su relación con China— se perfila como un destino atractivo para la relocalización de ventas, servicios e infraestructura digital. El resultado es una integración gradual de ecosistemas tecnológicos chinos en la región, desde vehículos eléctricos y baterías hasta redes, plataformas de datos y servicios digitales. Esta tendencia puede generar ganancias de conectividad e inversión, pero también reforzar dependencias de largo plazo respecto de estándares, proveedores y arquitecturas tecnológicas chinas.20

En el plano diplomático, el enfoque chino hacia América Latina sigue siendo marcadamente bilateral. Aunque el Foro China–CELAC ofrece una plataforma regional, funciona principalmente como mecanismo consultivo y declarativo, sin capacidad operativa comparable a la de una institución regional robusta. En la práctica, la mayoría de los acuerdos relevantes se negocian directamente con gobiernos nacionales, autoridades subnacionales, partidos y élites políticas. Este enfoque permite a Beijing aprovechar la descoordinación latinoamericana y adaptar sus vínculos a las preferencias de cada gobierno, aunque también expone sus proyectos a ciclos electorales, cambios de liderazgo y rupturas de continuidad administrativa.

Por otra parte, el poder blando convencional desempeña un papel más limitado de lo que suele asumirse. Si bien los Institutos Confucio, los programas de becas y los medios estatales chinos tienen presencia en la región, su impacto es modesto en comparación con la influencia cultural orgánica de Estados Unidos, Europa o incluso Corea del Sur y Japón. Lo que resulta más atractivo para los países sudamericanos no es la cultura china ni su sistema político, sino su trayectoria de desarrollo.

La transformación de China, de una economía agraria y pobre a una potencia industrial y tecnológica global, constituye un referente poderoso para responsables de política pública en América del Sur. Su historial en infraestructura, industrialización y reducción de la pobreza ofrece una narrativa especialmente persuasiva en una región que, pese a partir de niveles de desarrollo económico y social superiores a los de China durante las décadas de 1960 y 1970, no logró una transformación estructural comparable.

Esta atracción, sin embargo, genera una tensión evidente. El modelo chino se basa en un sistema autoritario de partido único, mientras que la mayoría de los países sudamericanos se organizan formalmente en torno a marcos democráticos y republicanos. Incluso en contextos de retroceso democrático, como Venezuela, persisten tradiciones políticas y demandas sociales orientadas a la restauración o fortalecimiento de la democracia. Por ello, el atractivo de China se sustenta menos en afinidades culturales o políticas que en su desempeño material, su capacidad estatal y su promesa de modernización acelerada.

La relación entre China y América del Sur suele analizarse en términos de dependencia latinoamericana. La realidad es bastante más compleja: a medida que Beijing profundiza su transición tecnológica e industrial, el acceso a minerales críticos, energía y alimentos de la región adquiere una importancia cada vez mayor. La cuestión central es si Sudamérica será capaz de convertir esa relevancia estratégica en una agenda de desarrollo propia, en lugar de limitarse a recibir reglas diseñadas por otros.

Notas y fuentes (20)
  1. Barrientos, Karina et al., "Energy Transition Pathways and Their Impact on Latin America: A Systematic Review," Energy Reports 12 (2024): 3439–3458. Enlace↗
  2. Diario Financiero, "12 de las 20 mayores productoras de cobre del mundo están en Chile y Perú," DF Sud, 6 feb. 2024. Enlace↗
  3. Garip, Patricia. "Rare Earth Elements Are Trending. Will They Drive Latin America's Next Mining Boom?" Americas Quarterly, 26 feb. 2024. Enlace↗
  4. Ekbom, Tomas. "Assessments of successes and lessons learned for biofuel deployment: Status of biofuels policies and market deployment in Brazil, Canada, Germany, Sweden and the United States." IEA (2023). Enlace↗
  5. U.S. Energy Information Administration (EIA). "Country Analysis Brief: Venezuela," feb. 2024. Enlace↗
  6. Smith Llinás, Emily. "Riding Brazil's Onshore Wave." AAPG Explorer, oct. 2023. Enlace↗
  7. Zadeh, John. "Guyana's Oil Boom 2025: South America's Newest Petroleum Powerhouse in 2025." Discovery Alert, ene. 2025. Enlace↗
  8. Banyuls, Olivier. "La transición de Argentina a una economía exportadora." DW Español, 10 oct. 2024. Enlace↗
  9. Evenett, Simon et al. "The Return of Industrial Policy in Data." IMF Working Papers 2024, 001 (2024). Enlace↗
  10. Brichetti, Juan Pablo et al. "La brecha de infraestructura en América Latina y el Caribe: estimación de las necesidades de inversión hasta 2030..." (2021). Enlace↗
  11. Acosta Puertas, Jaime. "La desintegración andina." Nueva Sociedad Vol. 6, no. 3, jul.–ago. (2006). Enlace↗
  12. Márquez Cabrera, Alejandra. "Fracaso de UNASUR: tres factores explicativos." Revista de Estudios en Seguridad Internacional Vol. 8, no. 2 (2022): 149–168. Enlace↗
  13. Argüelles, Carlos Gabriel. "Vigencia de la CELAC en la era de la desglobalización." Foreign Affairs Latinoamérica, 29 abr. 2025. Enlace↗
  14. Botto, Mercedes Isabel. "El Mercosur y sus crisis: análisis de interpretaciones sobre el fracaso de la integración regional sudamericana." Estado & comunes Vol. 2, no. 5, jul.–dic. (2017). Enlace↗
  15. Estevadeordal, Antoni et al. "UE-MERCOSUR: ¿plataforma hacia una nueva era de integración transatlántica e intrarregional latinoamericana?" Real Instituto Elcano, 14 ene. 2025. Enlace↗
  16. Inter-American Dialogue and Global Development Policy Center, China-Latin America Finance Databases. Enlace↗
  17. Cálculos del autor basados en CAF annual reports (2010–2019). Enlace↗
  18. China Watch Institute. "Entendiendo el 'Made in China 2025'." Enlace↗
  19. Kippel01. "China avanza en su estrategia 'Made in China 2025'... La estrategia de doble circulación," abr. 2025. Enlace↗
  20. Myers, Margaret. "China's New Playbook in Latin America." Americas Quarterly Vol. 19, no. 4 (2025): 18–28. Enlace↗

Finalmente recogemos los resultados del estudio para ofrecer una interpretación general sobre el papel de China en la transición energética de América del Sur. A partir de la evidencia presentada en los capítulos anteriores, analizamos cómo la estrategia de China se relaciona con sus objetivos de largo plazo y extrae implicaciones para las políticas públicas de los países sudamericanos. El capítulo concluye con recomendaciones orientadas a fortalecer la capacidad de los gobiernos para aprovechar las oportunidades de la transición energética preservando su autonomía estratégica.

El análisis empírico presentado en este informe pone de manifiesto un patrón de consistencia en la participación de China en la transición energética de Sudamérica. A lo largo de los seis países analizados, los actores chinos concentran sistemáticamente su actividad en sectores claramente demarcados. Lejos de responder a decisiones aisladas de inversión, este patrón refleja una estrategia de largo plazo impulsada por prioridades relativamente estables que orientan la actuación de los distintos actores chinos en el exterior.

En el caso particular de América Latina y el Caribe (LAC), las prioridades se articulan de forma explícita en el tercer Documento de Política de China sobre LAC, publicado en diciembre de 2025.1 En el sistema político chino, este tipo de documentos cumple una función que trasciende la mera declaración de intenciones. Su principal propósito es comunicar las prioridades estratégicas del Partido y orientar las decisiones de los distintos actores políticos y económicos hacia esos objetivos. Aunque estos actores conservan un nivel de agencia para decidir cómo alcanzarlos, el espacio de maniobra se encuentra claramente delimitado de antemano.2

La evolución del sector privado chino refleja con claridad el funcionamiento de este modelo. Los subsidios, el financiamiento preferencial y otras formas de respaldo estatal se concentran en los sectores considerados estratégicos para el desarrollo nacional y la proyección internacional de China. No resulta casual, por tanto, que empresas chinas hayan alcanzado posiciones de liderazgo mundial en industrias como los vehículos eléctricos, las baterías y los paneles solares. Cabe resaltar que el dinamismo de estos sectores no refleja la ausencia de competencia; por el contrario, la competencia entre empresas chinas es intensa.3 Lo que distingue a este modelo es que esa competencia se desarrolla dentro de una estructura de incentivos que orienta el capital privado hacia los sectores definidos por el Partido, aun a costa de introducir determinadas distorsiones en el mercado.4

El documento para LAC cumple, además, una importante función de proyección externa: presenta las líneas de acción de Beijing mediante un lenguaje que conecta con las necesidades y aspiraciones de los países latinoamericanos. El documento no hace referencia a conceptos tradicionalmente asociados a la política exterior occidental, como la democracia, los derechos humanos o la reforma institucional. En su lugar, el discurso se articula en torno a la construcción de infraestructura, la industrialización, la producción de energía, la innovación tecnológica y las cadenas de suministro. En otras palabras, es un "sales pitch" de desarrollo.

Esta formulación coincide de manera notable con los resultados del trabajo de campo. Las entrevistas realizadas muestran que, para buena parte de los actores públicos y privados de Sudamérica, la transición energética se entiende menos como un objetivo climático que como una oportunidad para promover el desarrollo nacional. En este sentido, China ha construido un discurso sobre la transición energética en sintonía con la percepción predominante en la región.

Comprender por qué Beijing estructura su relación con la región de esta manera requiere ir más allá del contenido del discurso y examinar la lógica política que lo sustenta. Ello exige desplazar el foco desde las concepciones convencionales del interés nacional hacia la prioridad que organiza el sistema político chino: preservar el monopolio político del Partido Comunista Chino. Como resalta Kevin Rudd, ex primer ministro de Australia: "¿Cuáles son las prioridades centrales de la Administración de Xi Jinping en el país y en el extranjero? Se entrecruzan en esta institución llamada el Partido. El interés del liderazgo político chino es que el Partido permanezca en el poder. Esa es la prioridad No. 1, la prioridad No. 2 y la prioridad No. 3."5 Desde esta perspectiva, buena parte de las políticas que Beijing presenta como objetivos sectoriales —desde la modernización industrial y el liderazgo tecnológico hasta la seguridad energética o la descarbonización— adquieren un significado distinto. Más que fines en sí mismos, constituyen instrumentos para reforzar la capacidad del Partido para sostener su legitimidad y asegurar su continuidad como actor hegemónico del sistema político.6

Esta distinción no es meramente conceptual. Plantear la pregunta "¿Cuál es el interés de China?" suele conducir a respuestas amplias y, en ocasiones, ambiguas. Un marco analítico más útil consiste en preguntarse cómo una determinada política, inversión o proyecto contribuye a los objetivos estratégicos del Partido Comunista Chino. En el contexto de la transición energética, por ejemplo, la pregunta relevante no es únicamente por qué China invierte en litio, redes eléctricas o fabricación de vehículos eléctricos, sino cómo estos sectores fortalecen la capacidad del Partido para sostener el crecimiento económico, el liderazgo tecnológico y, en última instancia, su legitimidad política. Este cambio de perspectiva permite interpretar con mayor claridad la selección de sectores, el comportamiento de los distintos actores chinos y las prioridades que orientan su participación en la región.

Entender esta lógica no implica asumir que China actúa como un actor monolítico ni que todos sus proyectos responden a una planificación centralizada. Significa reconocer que, detrás de la diversidad de actores y proyectos, existe un marco político e institucional común que orienta la actuación de los distintos actores chinos. Para los países sudamericanos, adoptar este marco de análisis permite comprender con mayor precisión la lógica que subyace a la participación de China más allá de la transición energética y formular respuestas de política pública mejor adaptadas a esa realidad.

Comprender los fundamentos de la organización política de China tiene implicaciones prácticas que van más allá de explicar su comportamiento internacional. Proporciona, además, una base más sólida para anticipar la orientación general de las acciones de Beijing. Para los gobiernos sudamericanos, ello supone desplazar el foco desde los proyectos individuales y la inversión foránea directa hacia las prioridades estratégicas de China que les dan continuidad. Los actores, las tecnologías y las oportunidades de inversión pueden cambiar con el tiempo; las prioridades estratégicas del Partido, no. Partir de esta premisa permitiría diseñar una política exterior hacia China con perspectiva de largo plazo, en lugar de reaccionar de manera aislada ante cada coyuntura.

Los minerales críticos ilustran con claridad esta lógica. Para Beijing, recursos como el litio, el cobre, las tierras raras o el níquel son insumos estratégicos para la modernización industrial, el liderazgo tecnológico y el fortalecimiento de su posición en las cadenas globales de valor. Su importancia radica, por tanto, en que contribuyen simultáneamente al crecimiento económico de largo plazo, reducen vulnerabilidades externas —particularmente frente a Estados Unidos— y refuerzan las capacidades sobre las que descansa la competitividad y la legitimidad del Partido.

La misma lógica aplica a la infraestructura eléctrica. Los estudios por países muestran que la participación china se ha expandido de manera sistemática más allá de la generación de electricidad hacia la transmisión, la distribución y, cada vez más, la digitalización de los sistemas eléctricos. Este patrón refleja una estrategia orientada a fortalecer su presencia en infraestructuras esenciales para la expansión de las energías renovables, la electrificación y la seguridad energética de largo plazo. Las adquisiciones de activos hidroeléctricos en Colombia por parte de Three Gorges Corporation, el interés de China Southern Power Grid en la modernización de la red de transmisión de Ecuador, las soluciones de redes inteligentes de Huawei, las redes de fibra óptica integradas por State Grid en líneas de transmisión de Brasil y Chile, o los proyectos eólicos de Goldwind con sistemas de control propios en Argentina constituyen distintas expresiones del modelo de base.

La investigación sugiere que la participación de China en Sudamérica se está extendiendo gradualmente de las actividades extractivas hacia el desarrollo industrial. Si bien la minería seguirá siendo un pilar de la relación comercial, las principales ventajas comparativas de China se concentran en las industrias asociadas a la transición energética. Los vehículos eléctricos, la fabricación de baterías, las tecnologías fotovoltaicas y la infraestructura digital forman parte de un ecosistema industrial que las empresas chinas están expandiendo de manera sostenida a escala mundial. Esta tendencia, ilustrada en la región por las recientes inversiones de BYD y GWM en Brasil, coincide con las prioridades establecidas en el Documento de Política de 2025.

A fin de relacionarse con China de forma más estratégica, los países sudamericanos necesitan comprender el entorno institucional del que surgen los actores chinos. Esto implica interpretar a dichos actores dentro del contexto político que determina sus incentivos, limitaciones y relaciones con el PCCh.7

En la práctica, el análisis de los actores chinos suele oscilar entre dos interpretaciones igualmente limitadas. La primera los concibe como simples instrumentos del Partido-Estado, asumiendo que las empresas estatales actúan bajo instrucciones políticas directas de Beijing y que las empresas privadas operan como meras extensiones del PCCh. La segunda los analiza como actores de mercado convencionales, equiparables a empresas que operan en mercados abiertos bajo instituciones democráticas liberales.

El enfoque analítico más útil se sitúa entre ambos extremos. Las empresas chinas compiten, buscan rentabilidad y toman decisiones comerciales. Sin embargo, esa autonomía opera dentro de límites definidos por el sistema político chino. La lógica económica conserva un margen de actuación, pero no desplaza la primacía de las prioridades políticas del Partido cuando ambas entran en conflicto.

Es precisamente por ello que, en el caso chino, las categorías de empresa estatal y empresa privada pierden parte de su capacidad explicativa. Una empresa estatal como State Grid o China Three Gorges no puede analizarse como el equivalente funcional de Petrobras o Ecopetrol únicamente porque todas sean empresas estatales. Del mismo modo, una empresa privada china como Huawei tampoco puede interpretarse bajo los mismos supuestos analíticos que una empresa comparable establecida bajo un régimen democrático.

La resolución de controversias ilustra bien esta diferencia. Cuando surgen conflictos comerciales con empresas establecidas en economías de mercado democráticas, las contrapartes suelen poder recurrir a sistemas judiciales relativamente independientes, estructuras de gobierno corporativo con un mayor grado de autonomía y mecanismos consolidados de resolución de controversias.

En China, por el contrario, la autoridad que ejerce el PCCh sobre las instituciones responsables de la regulación, la supervisión y la administración de justicia, junto con la estrecha relación entre el Partido-Estado y las empresas consideradas estratégicas, hace que las controversias comerciales se entrelacen con consideraciones políticas y diplomáticas más amplias.

Estas diferencias institucionales adquieren una importancia aún mayor porque la transición energética ya no se limita a la infraestructura energética. Cada vez depende más de infraestructuras digitales, sistemas inteligentes de gestión de redes, plataformas de datos y otras tecnologías con implicaciones regulatorias y de seguridad nacional. En este contexto, comprender el entorno institucional en el que operan los actores chinos resulta fundamental para definir estándares tecnológicos, marcos de gobernanza y mecanismos de protección de datos acordes con los intereses estratégicos de los Estados.

Adoptar este marco de análisis no implica que deba descartarse la colaboración con los actores chinos. Tampoco prescribe la confrontación, la desconexión o la desconfianza como respuestas políticas por defecto. Más bien, aplica un principio básico del análisis político comparativo: las instituciones determinan el comportamiento. Del mismo modo que los gobiernos tienen en cuenta habitualmente las diferencias en los sistemas jurídicos, las tradiciones reguladoras y el gobierno corporativo a la hora de colaborar con socios extranjeros, también deberían tener en cuenta las características institucionales distintivas de la economía política de China y su sistema de gobierno. Hacerlo proporciona una base más realista sobre la que evaluar el riesgo, negociar acuerdos y formular estrategias de desarrollo a largo plazo.

El análisis de la presencia de China en Sudamérica se beneficiaría de un cambio fundamental de perspectiva. Los debates sobre este tema suelen plantearse en términos de falsas dicotomías: si la presencia china debe ser bienvenida o rechazada; si representa una oportunidad o una fuente de dependencia; o si constituye, o no, un riesgo para la seguridad nacional. Estos enfoques ofrecen una utilidad limitada para la formulación de políticas públicas porque parten de marcos analíticos excesivamente reduccionistas. La participación de China en Sudamérica es una realidad estructural que los gobiernos deben gestionar. Además, la dependencia —respecto de China o de cualquier otro actor externo— no es una condición que pueda simplemente evitarse, sino una característica estructural de las cadenas globales de producción y de la histórica dependencia de Sudamérica de tecnologías, capital y conocimiento provenientes del exterior. En consecuencia, la pregunta relevante es cómo pueden los gobiernos relacionarse con China de manera que maximicen las oportunidades para el desarrollo nacional y, al mismo tiempo, minimicen los riesgos y las vulnerabilidades derivados de esa relación.

Para comenzar, los gobiernos deberían cambiar su enfoque, pasando de atraer inversión a construir cadenas de valor. El objetivo no debería ser maximizar el volumen de capital chino que entra en la región, sino identificar los componentes de la estrategia industrial de China que pueden contribuir a las capacidades nacionales. Las políticas centradas exclusivamente en la inversión extranjera directa corren el riesgo de reforzar el papel tradicional de Sudamérica como proveedor de materias primas. Por el contrario, las políticas que dan prioridad a la fabricación, la transferencia de tecnología, el desarrollo de proveedores, la formación de la mano de obra y los ecosistemas industriales tienen más probabilidades de generar beneficios económicos duraderos.

En segundo lugar, la relación con China suele analizarse casi exclusivamente desde las vulnerabilidades de Sudamérica. Este enfoque pasa por alto que Beijing también enfrenta importantes condicionantes estructurales. El modelo de desarrollo chino requiere un acceso seguro a minerales críticos, alimentos, energía, mercados externos y rutas comerciales fiables, precisamente ámbitos en los que Sudamérica posee ventajas comparativas. A medida que se intensifica la competencia estratégica con Estados Unidos y se amplían las restricciones a las tecnologías y exportaciones chinas en las economías avanzadas, aumenta la importancia de Sudamérica para Beijing. En consecuencia, aunque la relación sigue siendo de interdependencia asimétrica, la evolución del entorno internacional tiende a fortalecer la posición negociadora de Sudamérica.

En tercer lugar, la transición energética ya no puede abordarse como una política sectorial. Su alcance trasciende los ministerios de Energía y Medio Ambiente y exige coordinar la política industrial, la política exterior y la seguridad nacional. En consecuencia, su gestión requiere un enfoque de gobierno integral que alinee estos ámbitos en torno a objetivos comunes de desarrollo de largo plazo en lugar de tratarlos como cuestiones sectoriales aisladas.

En cuarto lugar, el renovado interés de otras economías avanzadas por Sudamérica amplía el margen de maniobra de la región. La política de seguridad nacional de Estados Unidos, publicada a finales de 2025, sitúa explícitamente al hemisferio occidental y a la competencia con China entre sus principales prioridades estratégicas. La Unión Europea, por su parte, aceleró la negociación del Acuerdo Mercosur–Unión Europea en un contexto marcado por la creciente competencia geopolítica y la búsqueda de acceso a recursos estratégicos y cadenas de valor críticas. Australia, a su vez, ofrece una amplia experiencia en gobernanza minera y en la gestión de una relación económica compleja con China. Aprovechar estas oportunidades no implica sustituir una dependencia por otra, sino ampliar las opciones disponibles para la región y evitar que cualquier actor externo concentre una posición dominante en sectores estratégicos para el desarrollo sudamericano.

Por último, el estudio sugiere que la fragmentación política de la región no debería impedir el desarrollo de nuevas formas de cooperación. Los gobiernos sudamericanos han tenido históricamente dificultades para sostener iniciativas ambiciosas de integración, y existen pocos motivos para esperar que este patrón cambie en el corto o mediano plazo. Sin embargo, la ausencia de una coordinación política eficaz no implica la inexistencia de dinámicas de integración económica. Las empresas ya están articulando cadenas regionales de suministro; las universidades colaboran en investigación; las asociaciones industriales intercambian conocimientos técnicos; las empresas eléctricas coordinan sistemas transfronterizos; y los clústeres mineros enfrentan desafíos tecnológicos y regulatorios cada vez más similares. Estas redes ofrecen una base más pragmática para impulsar mecanismos de integración que los recurrentes intentos de construir bloques políticos sin instituciones capaces de garantizar su continuidad. En este sentido, una estrategia bottom-up, centrada en el desarrollo de ecosistemas industriales e impulsada por el sector privado, puede resultar más resiliente que los esquemas liderados exclusivamente por los gobiernos, precisamente porque depende menos de los ciclos electorales y de los cambios de orientación política.

Como reflexión final, este estudio deja en evidencia un contraste fundamental. China aborda su relación con Sudamérica a partir de una estrategia de largo plazo, sustentada en prioridades relativamente estables y en un conocimiento cada vez más profundo de cada país de la región. En buena parte de Sudamérica, por el contrario, la relación con China continúa gestionándose de manera predominantemente reactiva y a partir de marcos analíticos que simplifican excesivamente la naturaleza de los actores chinos y de los intereses que orientan su actuación. Si la región aspira a relacionarse con China en mejores condiciones, debe comenzar por diseñar una estrategia propia y desarrollar las capacidades técnicas e institucionales necesarias para sostenerla.

Notas y fuentes (7)
  1. Xinhua, "Texto íntegro del Documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe," 10 de diciembre de 2025. Enlace↗
  2. Yuen Yuen Ang, "Ambiguity and Clarity in China's Adaptive Policy Communication," The China Quarterly 257 (2024): 20–37. Enlace↗
  3. Fuente pendiente de confirmación.
  4. Fuente pendiente de confirmación.
  5. Kevin Rudd, testimonio ante el Parlamento del Reino Unido. Enlace↗
  6. David Shambaugh, China's Leaders: From Mao to Now (Cambridge: Polity Press, 2021); Elizabeth C. Economy, The Third Revolution: Xi Jinping and the New Chinese State, 2.ª ed. (Nueva York: Oxford University Press, 2024).
  7. Elizabeth C. Economy, The Third Revolution: Xi Jinping and the New Chinese State (Nueva York: Oxford University Press, 2018); David Shambaugh, China's Leaders: From Mao to Now (Cambridge: Polity, 2021); Kjeld Erik Brødsgaard y Kasper Ingeman Beck, "The Party in Chinese Private Business," Journal of Current Chinese Affairs (2026). Enlace↗; Kun Jiang, Frank M. Song y Peng Zhou, "How Does the Chinese Communist Party Embrace the Private Sector?," Journal of Comparative Economics 54, no. 1 (2026): 229–247. Enlace↗

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