Asfura y la incógnita china en Honduras
Foto: U.S. Department of State Flickr
La toma de posesión de Nasry Tito Asfura como presidente de Honduras reabrió el debate sobre el rumbo de la relación del país con China, un tema que había quedado políticamente expuesto durante la campaña electoral. Asfura llega al poder tras cuestionar el giro diplomático impulsado por su antecesora, Xiomara Castro, quien en 2023 rompió relaciones con Taiwán y estableció vínculos formales con la República Popular China. Aunque en su discurso inaugural evitó referencias directas a política exterior, su llegada introduce incertidumbre sobre la continuidad de ese acercamiento.
Durante la campaña, Asfura fue explícito al señalar que Honduras había obtenido mayores beneficios cuando mantenía relaciones con Taiwán y sostuvo que el vínculo con China no había generado los resultados económicos esperados. En varias entrevistas dejó abierta la posibilidad de revisar la relación con Pekín y no descartó un eventual restablecimiento de lazos con Taipéi. Si bien moderó el tono en las últimas semanas antes de las elecciones, esas declaraciones marcaron una diferencia clara frente a la política exterior del gobierno saliente y colocaron a China como un tema sensible en el debate interno.
El trasfondo inmediato es la gestión de Xiomara Castro. Bajo su presidencia, Honduras estableció relaciones diplomáticas con China en marzo de 2023, abrió su embajada en Pekín y lanzó negociaciones comerciales que incluyeron un acuerdo de cosecha temprana y rondas exploratorias hacia un tratado de libre comercio. Sin embargo, al cierre de su mandato, ese TLC no se había concretado y los beneficios económicos del nuevo vínculo seguían siendo limitados y concentrados en sectores específicos, lo que alimentó fuertes críticas sobre el balance real del giro diplomático.
La propia toma de posesión de Asfura fue una señal política en sí misma. La ceremonia se realizó de forma privada y austera en la sede del Congreso Nacional. Duró poco más de una hora y no contó con la presencia de jefes de Estado ni delegaciones de alto nivel, en contraste con los actos multitudinarios y altamente protocolarios de gobiernos anteriores. Esta decisión evitó lecturas sobre alineamientos geopolíticos basadas en quién asistió al acto y redujo el margen para especulaciones tanto desde Pekín como desde Taipéi, en un momento en que cualquier gesto simbólico podía ser sobredimensionado.
Tras las elecciones, tanto China como Taiwán reaccionaron con cautela. Pekín expresó su disposición a trabajar con el nuevo gobierno hondureño sobre la base del principio de una sola China, mientras que Taipéi se mostró abierta a retomar el diálogo y recordó los vínculos históricos entre ambos países. En paralelo, el respaldo público que Asfura recibió durante la campaña por parte de Donald Trump reactivó expectativas sobre una posible mayor cercanía con Estados Unidos, incluso en el plano comercial. En ese contexto, el nuevo gobierno hondureño enfrenta el desafío de definir si su relación con China será una apuesta estratégica de largo plazo, un vínculo predominantemente comercial o parte de una política exterior más pragmática y flexible.
