octubre 30, 2026

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Mbappé, Mao y los límites del humor en China

Parsifal D'Sola Alvarado

Collage editorial de Kylian Mbappé y Mao Zedong

El meme favorito de Mbappé bastó para desatar una controversia que salpicó al Real Madrid, a LaLiga y a grandes marcas chinas e internacionales. Pero en realidad ¿quién se ofende cuando se dice que "China está ofendida"? Detrás de las disculpas y las rupturas comerciales hay una combinación de censura, nacionalismo y cálculo empresarial que ayuda a entender por qué una broma puede salir tan cara.

Parsifal D’Sola Alvarado

Parsifal D'Sola Alvarado

Puede resultar difícil comprender cómo se le complicaron tanto las cosas a Mbappé en China esta semana. Después de todo, lo que hizo fue comentar sobre su meme favorito en una entrevista, aludiendo a un fotomontaje de “un dictador chino” en el que aparece su cara superpuesta sobre un retrato de Mao en uniforme. La imagen, que utiliza con frecuencia en conversaciones con sus amigos, comenta Mbappé, hace referencia en tono jocoso a la enorme influencia que se le atribuye dentro de su equipo de fútbol. En fin, una broma. No obstante, Mbappé pecó por inocente y las repercusiones no se hicieron esperar.

El 26 de octubre, The Bridge publicó un video de detrás de cámaras en el que Mbappé comentaba el meme de Mao con su rostro. En las siguientes 48 horas, empresas reconocidas en China, como Dongpeng Beverage, Mengniu Dairy y Milkground, anunciaron el fin de toda cooperación con el delantero francés. Las cuentas oficiales en Weibo, una de las principales plataformas sociales del país, de marcas como On, Dior, Rimowa, Nike y Hublot dejaron de mostrar contenido relacionado.

En lo que refiere al juego bonito, la Asociación China de Fútbol anunció gestiones formales ante el Real Madrid y exigió disculpas públicas tanto al club como a Mbappé. La controversia llegó a tales niveles que el China Media Group, el principal conglomerado estatal de radio y televisión de China y poseedor de los derechos de retransmisión de LaLiga española en el país, suspendió las retransmisiones de LaLiga, de otros partidos en los que participara Mbappé y de los anuncios protagonizados por el futbolista. Hasta videojuegos de fútbol comenzaron a retirar material promocional mediante actualizaciones. Y la lista sigue.

Con la misma rapidez, entraron en marcha las medidas de control de daños. El Real Madrid C. F. expresó mediante un comunicado “sus disculpas al pueblo chino por el malestar que hayan podido ocasionar las recientes palabras de nuestro jugador Kylian Mbappé”. LaLiga lamentó “profundamente la ofensa que los recientes comentarios de Kylian Mbappé han causado entre los aficionados chinos”. Incluso Javier Tebas, presidente de LaLiga, se reunió con el embajador chino en España para mediar la controversia. El propio Mbappé escribió un mea culpa en francés, inglés y chino, explicando que su “comentario fue desafortunado y que ahora entendía que había herido a muchas personas en China y a las comunidades chinas de todo el mundo.”

Cualquiera puede preguntarse ¿por qué una reacción tan desmesurada? Pero tiene su razón de ser. Lo primero que debe quedar claro es que los 1.400 millones de chinos no están “ofendidos” como proclama su gobierno. Tal como existen múltiples opiniones y percepciones sobre personajes históricos a lo largo de Latinoamérica, en China también hay innumerables puntos de vista sobre Mao. Unos son positivos, otros negativos, pero, mayoritariamente, simplemente son diversos y complejos. 

De hecho, por efecto de la censura, en las redes chinas circula ampliamente la noticia de que Mbappé “ofendió al país”, pero resulta difícil encontrar qué dijo exactamente y a quién se refería. Las cancelaciones de patrocinios, las condenas públicas y la suspensión de retransmisiones adquirieron así una enorme visibilidad, mientras el contenido que las provocó, llamar a Mao dictador, quedó restringido. Cuanta ironía.

En China es común recurrir a alusiones y juegos de palabras para sortear la censura. En lugar de nombrar a Mao, algunos usuarios hablan de “la persona del billete de cien yuanes”, cuyo retrato aparece en ese papel moneda. Para escribir “dictador”, en chino dúcáizhě (独裁者), otros sustituyen los dos primeros caracteres por las iniciales de su pronunciación y escriben “dc者”. También emplean caracteres de sonido parecido, de manera que el lector pueda descifrar el mensaje sin que las expresiones censuradas aparezcan escritas de la forma correcta.

Acá resulta útil marcar la distinción entre el gobierno y la población china. Una cosa es que se ofenda un ciudadano cualquiera; otra, muy distinta, es que el gobierno lo interprete como tal. Si bien puede haber personas que se tomen las palabras de Mbappé de manera personal, muchas otras se ríen de la broma o simplemente no le dan importancia. Basta con revisar los comentarios en redes sociales chinas para darse cuenta de ello.

En gran medida, el trasfondo que explica la viralidad del hecho y sus amplias repercusiones dentro de China radica en la combinación de dos elementos: la custodia que ejerce el Partido Comunista Chino (PCCh) sobre la imagen pública de determinados personajes históricos y su control sobre el ecosistema mediático del país.

Figuras como Mao Zedong y Xi Jinping son intocables en China. Las críticas abiertas hacia ellos, incluso en espacios privados, suelen percibirse como un tabú. En el caso de Mao, no es casualidad que su retrato presida la entrada de la Ciudad Prohibida—antigua residencia del emperador y sede de la corte imperial—con una línea visual directa hacia la Plaza Tiananmen y el mausoleo donde reposa su cuerpo. Es un símbolo patriótico que representa el génesis de la República Popular China y la defensa de la soberanía nacional. Por su parte, el Partido se ha encargado de curar, preservar y defender ese simbolismo frente a cualquier crítica o narrativa que ponga en cuestión la reputación del “Gran Líder”. Para el gobierno chino, llamar dictador a Mao no solo se entiende como un ataque a ese simbolismo, sino también como un cuestionamiento del propio sistema político del país.

Aquí es donde entran la censura y el control del ecosistema mediático. Las autoridades establecen los límites de lo publicable, mientras medios y plataformas vigilan, filtran y retiran contenidos, a menudo anticipándose a posibles sanciones. La autocensura es sumamente común. El control combina instrucciones oficiales, filtros automatizados y moderación humana. Así, las expresiones consideradas ofensivas pueden desaparecer mientras las condenas reciben amplia difusión, condicionando tanto la información disponible como las opiniones que pueden expresarse públicamente. Adicionalmente, las referencias a dirigentes como Mao o Xi reciben un escrutinio especialmente estricto para impedir la circulación de contenidos que cuestionen su figura o se aparten de la narrativa oficial.

Imaginemos que una marca deportiva patrocina a Mbappé en China. Su equipo de comunicaciones se entera de las declaraciones y reconoce de inmediato el riesgo. Pueden provocar críticas de usuarios nacionalistas, atraer la atención de las autoridades o ambas cosas. Ante esa incertidumbre, considera más prudente emitir un comunicado de rechazo y distanciarse del futbolista que esperar a ver qué sucede.

En paralelo, algunos usuarios interpretan las palabras como una ofensa y exigen que sus patrocinadores rompan con él. Filman un video quemando la camiseta de Mbappé y lo publican. Otras empresas observan esas publicaciones y el comunicado de la primera marca, y deciden pronunciarse también. Cada nueva reacción amplía la controversia y aumenta la presión sobre quienes todavía guardan silencio. Un vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores comenta sobre el tema. Un patrocinador del Real Madrid considera necesario tomar distancia, aunque su relación sea con el club y no con el jugador, es demasiado riesgo. Una cadena que transmite LaLiga española llega a una conclusión similar y suspende las emisiones para evitar que su continuidad se interprete como indiferencia ante la supuesta ofensa.

Este ejemplo no reconstruye lo sucedido, pero ilustra cómo puede producirse una cascada de respuestas que se refuerzan mutuamente. Cada actor evalúa tanto las declaraciones originales como las decisiones de los demás y las posibles consecuencias de no sumarse. El resultado termina siendo un alineamiento progresivo con las posiciones que el Estado favorece, sin necesidad de que las autoridades ordenen cada comunicado, cada ruptura comercial o cada retirada de contenido.

El incidente con Mbappé no es el primero ni será el último. El actor John Cena y el exjugador de la NBA Dwight Howard se disculparon tras referirse a Taiwán como un país. Mercedes-Benz retiró una publicación con una cita motivacional del Dalái Lama. Como tantos otros, estos episodios muestran que el acceso al mercado chino viene acompañado de condiciones políticas y que incluso una frase casual puede tener consecuencias comerciales o incluso geopolíticas. En cuanto a Mbappé, probablemente le arruinaron su meme favorito.

 

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