¿Cómo reaccionó China realmente a la captura de Nicolás Maduro?
Este artículo forma parte de El fin de la ambigüedad: América Latina, China y Estados Unidos después de Maduro, una serie de Notas de Análisis que exploran cómo la captura de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión en la relación entre China, Estados Unidos y América Latina.
La reacción de China a la operación militar de Estados Unidos en Venezuela fue inmediata, dura en el lenguaje y, para muchos observadores, insuficiente en los hechos. Esa lectura parte de una premisa equivocada: que Beijing debía –o podía– responder de otra forma. En realidad, la respuesta china fue coherente con su patrón de política exterior, con sus límites estratégicos en América Latina y con el tipo de mensaje que buscaba enviar.
En el plano oficial, China condenó la operación con un lenguaje más contundente de lo habitual, enfatizando el uso unilateral de la fuerza, la violación de la soberanía y el debilitamiento del derecho internacional. Las declaraciones en el Consejo de Seguridad de la ONU y los comunicados del Ministerio de Relaciones Exteriores no dejaron espacio para la ambigüedad. Beijing no guardó silencio ni optó por una reacción tibia. Reaccionó donde suele reaccionar: en el terreno normativo, legal y diplomático.

En la declaración china, el lenguaje funciona como veredicto, no como adorno: «悍然» (de forma descarada), «肆意践踏» (pisotear sin miramientos), «霸凌» (intimidación), «掳走» (llevarse por la fuerza) y «侵略» (agresión/invasión). La concentración de estos términos condenatorios en un solo comunicado oficial es poco habitual.
Asimismo, la respuesta también tuvo un componente moral explícito: una contraposición entre una gran potencia dispuesta a doblar o ignorar reglas cuando le conviene y una China que se proyecta como defensora de principios básicos de convivencia internacional. Esa adjudicación moral –frecuente en la retórica china, pero aquí más marcada– cumple una función clara: condenar a Estados Unidos y, a su vez, resaltar el episodio como ejemplo de un orden internacional obsoleto en contraposición a un marco de legitimidad propuesto por Beijing.
La expectativa de una respuesta “más dura” –económica, política o incluso militar– ignora dos realidades básicas. Primero, China no concibe América Latina como un teatro de seguridad en el que deba confrontar directamente a Estados Unidos. A diferencia de su vecindario inmediato o de escenarios como el mar del Sur de China, la región no forma parte de su perímetro estratégico adyacente. Segundo, la política exterior china ha sido consistentemente reacia a la escalada, especialmente cuando no controla las variables del conflicto. Actuar más allá de la condena diplomática habría significado asumir costos y riesgos sin capacidad real de moldear el desenlace.
En ese sentido, la reacción china ante la captura de Maduro no constituye una excepción, sino una continuidad. El patrón es reconocible en otros episodios de uso de la fuerza por parte de Estados Unidos: condena verbal, énfasis en el derecho internacional, rechazo del unilateralismo y ausencia de escalada directa. El episodio en Venezuela no alteró ese comportamiento. Quienes esperaban una respuesta distinta proyectaban sobre China expectativas que no se corresponden con su práctica diplomática.
Esto no significa que la reacción carezca de intención estratégica. Al contrario. El lenguaje empleado apunta a audiencias múltiples. En el plano internacional, refuerza la narrativa china sobre la necesidad de un orden basado en normas, soberanía absoluta libre de todo tipo de intervención, en oposición a lo que Beijing presenta como hegemonismo estadounidense. En el Sur Global, busca capitalizar una sensibilidad histórica frente a intervenciones externas. En el plano doméstico, proyecta firmeza frente a Washington sin comprometer a China en una confrontación que no desea.
La clave, entonces, no está en lo que China no hizo, sino en lo que sí priorizó. Beijing no reaccionó para salvar a Maduro ni para alterar el equilibrio de poder en Venezuela. Reaccionó para marcar un precedente: dejar constancia de que considera la operación estadounidense como una violación de normas fundamentales y para advertir sobre las implicaciones más amplias de este tipo de acciones. El foco no fue el régimen venezolano, sino el mensaje que se envía a la comunidad internacional.
Leída así, la respuesta china no es una señal de debilidad ni de abandono, sino de contención estratégica. China eligió no escalar en un escenario donde sus márgenes de acción son limitados y donde el costo de una confrontación directa superaría cualquier beneficio inmediato.

El fin de la ambigüedad: América Latina, China y Estados Unidos después de Maduro
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